Nos despedimos de los fotógrafos profesionales que estaban por allí y nos habíamos alejado de la rivera del río Mara a lo alto de una colina para poder ver mejor el otro lado del río. Miles y miles de ñus estaban esperando a que sucediera algo que los científicos aún no saben que es para cruzar. Desde lo alto de la furgoneta y con la ayuda de los teleobjetivos de las cámaras y los prismáticos observábamos miles de animales. Cebras, ñus, antílopes y hasta una familia de elefantes podíamos ver a lo lejos. Un paraíso que gracias a dios el hombre ha respetado por ahora. Wilson arranco la furgoneta y nos dijo que era la hora de marcharse porque habíamos quedado con otros grupos para comer de camping en un lugar concertado y seguro. Alguien comento, una mujer: - No podemos esperar a verlos cruzar. Wilson se giro desde el asiento del conductor y nos dijo que en todos los años que llevaba de guía siempre había visto las manadas así. Esperando en la otra orilla y que solo si haces guardia como los del National Geographic durante días puedes llegar a ver algo. Obviamente no disponíamos de tanto tiempo.
Cuando habíamos aceptado su explicación con resignación y viendo que ya llegábamos tarde. Alguien, la misma mujer, como por un sexto sentido dijo: - ¡Wilson espera!, van a cruzar, que cojones ¡están cruzando! Nadie la creyó y hubo comentarios del estilo: ¡Venga ya!, ¡Si porque estamos nosotros aquí!, ¡que casualidad!
Pero como puedes verlo, pensé yo. Saque mi cámara para observar con el teleobjetivo. No podía ver la orilla del río pero si advertí movimiento en la manada. Le comenté a Wilson que para irnos nos llevara por orilla dando una vuelta por lo que había visto.Gracias a dios que me hizo caso. A medida que nos aproximábamos a la orilla el estruendo crecía. Era cierto, estaban cruzando. A lo lejos veíamos correr a los fotógrafos que habíamos despedido hacia media hora.


! Díos mío ¡ ¿que es esto? Éramos testigos en primera fila de uno de los mayores espectáculos que puede ofrecer la naturaleza. Miles, millares de pezuñas retumbando en el suelo. Los mugidos continuos de los ñus, agolpando se para cruzar todos juntos conscientes del peligro. Conscientes de que se juegan la vida en ello. Es un estruendo continuo de tal dimensión, que parece que se va abrir la tierra.
Nos quedamos tan hechizados por la escena que a pesar del peligro salimos todos de la furgoneta para verlo bien. Cámaras, fotos tenias que dejarlo porque no podías abarcar lo impresionante de la escena. Si agachabas la cabeza para buscar algo te perdías cualquier momento. Entre el estruendo continuo y constante solo se nos escuchaba exclamar: - ¡Ostia!, ¡Joder!, ¡Impresionante!, ¡Dios! La escena era tan grande y tan espectacular que no podías verlo todo. Tan pronto estabas viendo como los ñus se empujaban y agolpaban en la orilla, dando saltos impresionantes para bajar, como aparecía un cocodrilo por el centro del río cobrando su presa y rompiendo la línea. O te perdías una cosa u otra. Otro cocodrilo apareció a por otra presa, la veías desaparecer hacia el fondo. No importaba, el mecanismo de supervivencia se había puesto en marcha y era una maquina impresionante. El cocodrilo no tenía opción, o se apartaba, o le pasarían por encima. Otros ñus los veías en la orilla con patas rotas, una caída, un tropiezo. Los cocodrilos se acercaban y se iban, saben que no se ira de su sitio y volverán luego.
Del estruendo continuo hasta los hipopótamos han desaparecido, no hay otra alternativa que quitarse del medio. 

Llevamos diez minutos con la boca abierta y siguen, y siguen. Wilson comento: -Me lo habían contado pero nunca lo había visto, ¡Esto es impresionante! No es que se hubiera quedado blanco pero casi. Estaba tan alucinado como todos, menos mal que la comida para los cocodrilos estaba en la manada porque la situación que teníamos junto a la orilla no es que fuera muy segura tampoco. Pero es que era de alucinar.
Ahora teníamos en el otro extremo del río el espectáculo de ver como se iba formando de nuevo la manada. Las hembras volvían mugiendo a la orilla buscando a sus crías perdidas con la esperanza de que lo hubieran conseguido. Unas las encontraban, impresionante ver como se reconocían entre tanto estruendo. Pero otras se quedan allí dando vueltas, pendiente de no ser arrollada por los que seguían cruzando. Mugidos agónicos, de llamada por las crías en un extremo mezclados por los de supervivencia de los que aún no han pasado o lo están haciendo. Todo mezclado con el retumbar de las pezuñas en el suelo, los alaridos ahogados por los que son cazados por los cocodrilos. Esto es ¡un puto caos! pensé yo, una locomotora bestial que no hay quien lo frene. Y donde se aprovechan también las cebras y los antílopes para cruzar. Más o menos estuvimos media hora. Miles y miles de ñus cruzaron y la orilla se quedo literalmente arrasada. Un silencio roto solamente por los mugidos de los ñus que permanecían vivos en la orilla por sus heridas. No tendrán oportunidad de escapar. Sin poderse mover no tardarían los cocodrilos en volver. La naturaleza es así de radical y preferimos irnos antes de ver lo que sabíamos que pasaría. Teníamos que ir a comer. Wilson estaba casi blanco, y todos los demás con un subidón de adrenalina por lo que habíamos visto que solo podíamos calificarlo de una forma, ¡¡¡BRUTAL!!!. Visita y deja tus comentarios en “
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